|
Nota publicada en el diario Tiempo Fueguino de Río Grande, Tierra del Fuego, en el suplemento dominical EntreLíneas, sobre un reportaje realizado a un antiguo pescador local. Esta nota nos enriquece y rescata de la historia hechos poco conocidos. Un famoso pozón del río Grande lleva hoy su nombre. Quién no ha pescado las Barrancas de Allen alguna vez?
Pesca con mosca: la pasión de toda la vida
Don Aníbal Héctor Allen fue Jefe de Policía del Territorio, además de intendente de Río Grande en dos períodos. Su oficio lo llevó a recorrer permanentemente los ríos, lagos y lagunas de la isla. Así comenzó a cultivar un hobbie que luego se transformó en una pasión: la pesca deportiva. Aníbal Héctor Allen tiene hoy 87 años. En su sencilla casa de calle Piedra Buena recibió a ENTRELINEAS, gustoso de contar sus historias y relatar anécdotas de épocas pasadas, en las que por su profesión y por gusto recorrió asiduamente todos los rincones de la Tierra del Fuego, a caballo, a pie o en vehículo. Don Allen es uno de los pioneros del desarrollo de la pesca deportiva en la provincia. Contemporáneo de John Goodall, colaboró y participó de la siembra de varios cursos y espejos de agua de la isla, y junto a un grupo de amigos fomentó y promocionó el deporte en los maravillosos ríos y arroyos de la zona norte. Comienza recordando a Goodall con respeto y reconocimiento, recalcando su fundamental tarea en la siembra de los ríos con alevinos de truchas. “El consiguió las primeras hembras, trajo la trucha marrón, la arco iris. En aquella época anduvo haciendo trámites y averiguaciones en Chile, ellos ya venían trabajando con la trucha desde antes”. Allen explica una confusión respecto de la que algunos denominan trucha salmonada, presente en nuestros ríos: “La que parece salmón es la trucha arco iris que entra al mar, vive en el mar cuatro o cinco años o más y vuelve a entrar al río, entonces ha perdido los colores originales que tenía y se hace plateada y con escamas (...) yo una vez pesqué una, lo busqué a Goodall y no la conocía y nadie podía decirme qué pescado era. Acá se conocía el róbalo, el pejerrey, pero ese no. Así que medio la desprecié un poco. Pasó una temporada bastante larga, tenía un amigo que era un gran pescador y además tenía medios para andar, Polo Bardín. La mandó a Europa para que la examinaran y me dijeron que era una trucha de río, una arco iris que al ir al mar perdió sus colores”. Por cuestiones de su oficio de policía, en aquel entonces Allen recorrió toda la provincia, especialmente la zona norte. Allí compartió su pasión por la pesca con John Goodall: “Lo encontré muchas veces a la orilla de los ríos. Con otros amigos pescadores, salíamos con él, siempre lo veíamos y cualquier cosa rara que encontrábamos la metíamos en un recipiente y se la llevábamos para que la viera”. Tiempos remotos Don Aníbal cuenta los primeros pasos que dio la pesca deportiva en Tierra del Fuego: “Se fue formando una conciencia pescadora deportiva. Aquí se usaba la red para sacar en la boca de los ríos róbalo, pejerrey, y también un tarrito con una cuchara y un anzuelo que lo revoleaban. Nosotros optamos por la pesca con mosca con todas las dificultades que había, con distintas mosquitas todas con nombres ingleses que la gente no entendía. Yo pesqué mucho con mosca, aprovechaba mucho el viento para que me llevara lejos la mosca -no sé si tiene un nombre esa técnica-. Es cuando tomé la práctica de la mosca y me encantó, además de que uno observa, recorre el río, camina, sabe elegir el agua, el momento, uno veía qué insectos andaban por encima del agua. Por ejemplo cuando saltan mucho las truchas es inútil tirar porque no va a picar ninguna”. Junto con el grupo de amigos con quienes anduvo por todos los rincones de la isla, lograron instalar una verdadera conciencia pescadora. Una de las actividades importantes fue la siembra de truchas. “En esos años, 1954, la Marina con un avión anfibio pasaba al ras del agua e íbamos sembrando en los ríos, lagunas y lagos. Pero los resultados no podíamos evaluarlos porque no había con qué seguirlos. El lago Fagnano -mejor dicho lago Khami-, es un lago muy peligroso, en un cuarto de hora cambia el tiempo. Había una compañía que tenía un aserradero, hizo un muelle que tenía 37 metros con postes, en la cabecera del lago. Hubo un temporal y en dos horas no quedó nada, quedaron todos los postes en el agua”. Aníbal Héctor Allen fue uno de los fundadores, y primer presidente, del club de pesca John Goodall, el 24 de febrero de 1954. “La idea era seguir manteniendo la conciencia de la pesca deportiva y seguir sembrando los ríos. Yo por mi oficio recorría permanentemente esas zonas y me servía para echarle un vistazo al río. Los mejores eran el río Ewan, el Candelaria. Antes, ahora ha bajado mucho el caudal por la falta de nevadas”. Estación frustrada Su idea de establecer una estación de Piscicultura no tuvo eco en las autoridades de ese entonces: “Hay un lugar que le llaman el chorrillo de los salmones. Ahí pensaba hacer yo una estación de Piscicultura de Tierra del Fuego, yo había conseguido conversarlo con el gobernador, el contraalmirante Guzmán -yo estaba de Intendente ad honorem en esa época-. Pero se chocó con el sentido de propiedad de los fueguinos. Ushuaia no quiso saber nada, lo hacían pero allá que era la capital, pese a que allá no hay pesca porque los ríos son muy cortos. Pensamos que entre que haya una Piscicultura en Tierra del Fuego a que no haya nada, nos quedamos con Piscicultura, que emplee gente que le guste. Hubo gente que estaba porque estaba cobrando y era empleada, pero así no camina, se necesita gente comprometida. Pero no pudo hacerse, hubo muchas presiones”. Don Héctor cuenta que allá por el año 1960 hizo una propuesta de introducir el salmón del Pacífico a nuestros cursos de agua. “Me dijeron que era una locura, que había una cuestión del ph y cuántas cosas. Pero resulta que el salmón no entiende de ph ni esas cosas. Hicieron la experiencia en Chubut y se adaptaron perfectamente. Tiene la ventaja que el salmón desova y se muere”. Aprendizaje Una de las cosas que aprendió Allen, y que no duda en transmitirla a cada instante, es a cuidar nuestros recursos. “Me lo enseñó un indio amigo una vez que fuimos a guanaquear, a cazar guanacos a la cabecera del lago Khami cuando allí no había nada. Eramos cinco policías y los indios. Cazamos cinco, hermosos, los indios les sacaron las tripas, los pusimos arriba de los caballos y nos veníamos caminando de vuelta para el Destacamento, que estaba en la cabecera donde ahora están las cabañas. Llegando a ese lugar apareció otro guanaco, yo le apunté con la carabina. Uno de los indios me detuvo y me dijo “para qué lo vas a matar si ya tenemos carne”. No me olvidé nunca, se caza lo necesario. Por eso entendí también por qué eran las peleas por los lugares, por ejemplo los de San Sebastián no podían venir acá, los de acá no podían ir más que hasta estancia Viamonte, por ahí. Se disputaban los lugares, era por supervivencia”. Mucho aprendió de los aborígenes fueguinos. “Estos indios amigos míos vivían en la Reserva, en la zona de la cabecera del lago en Tolhuin. Después les hicieron casas pero no funcionaron porque ellos no limpiaban. Porque aparentemente cuando ellos vivían en su libertad, cuando se ensuciaba un lugar corrían todo el campamento. No se adaptaron. Eso era en el año 30 y pico”. Experiencia de vida También su actividad como Policía lo llevó a transitar la zona norte. Muchas anécdotas recuerda Don Allen, en donde refleja las dificultades de aquellos tiempos. “Yo tenía que ir hasta Cullen a caballo a pagarle a un cabo y a un agente que estaban en un destacamento en la estancia. A la vuelta me terminaban doliendo los riñones porque tenía que venir agachado por el viento, era tremendo el viento”. En dos relatos, nacidos de su experiencia en recorrer nuestra provincia, detallan algunos peligros frente a los cuales Aníbal recomienda tomar recaudos. “En el cabo Peñas baja mucho la marea. Es un lugar que da gusto andar un día de sol, uno camina y camina, hay caracolitos y esas cosas. Pero hay que ir con la marea larga, porque el agua cuando sube lo rodea allí. A nosotros se nos murió una gente, una familia. Se metieron, quedó una chiquita al lado de cabo Peñas, y después había un saco, dos patos muertos y un rifle. El perro, la señora y el hombre hasta la fecha nada. En ese tiempo era un lugar muy concurrido, pasaba la ruta por ahí”. “Otro en la estancia Inés. Allí murió una tropilla de caballos que los llevaba un hombre, un peón, que se salvó raspando. Se arriesgó a cruzar un río, pero no llegaba, entonces cuando quiso volver ya la marea lo había encerrado. Dejó los caballos y trepó la pared del cabo, escaló con la ayuda del cuchillo y la chaira”. De la pesca con mosca
Por Héctor Allen La pesca con mosca no puede enseñarse a nadie. Este, como todos los deportes, es una disciplina y hay que recorrer todas sus fases, primaria, media y superior, ya que tratar de quemar etapas salteándolas, no mejora las posibilidades y puede actuar en forma negativa en el pescador. A mi criterio, la mejor forma de iniciarse es haciéndolo con cuchara (spining), pues la movilidad que su uso le permite, le servirá para aprender a “caminar” los ríos y sobre todo a conocerlos. Llegará el momento que el hombre se identifique con la Naturaleza, aprenderá a intuir el paso de los peces por las correderas, descubrirá el engaño de un falso enganche, con una rama sumergida o el tirón de la corriente en la línea, cuando una piedra le sujeta la cuchara. También aprenderá que no es pescador el que saca los más grandes, sino el que siente en sí mismo la armonía del conjunto, cuando el sol, el aire, el murmullo de las aguas y el canto de los pájaros, lo aísla en ese maravilloso mundo de la pesca. Será un pescador cuando pueda devolver con satisfacción una pieza al agua, cualquiera sea su tamaño, ya como premio a la bravura de la trucha o por haber llegado al límite fijado por las reglamentaciones en vigencia. Sabrá entonces que pescar, no es sacar peces del agua, es elevarse, es cumplir con el pez, dándole la mayor cantidad posible de ventajas sin molestarse cuando éste le gane una partida. Cuando esto ocurra, sí vale la pena aprender a usar la mosca, su lanzamiento no es tan difícil como aparenta, ni tan complejo su empleo. Eso sí, deberá aceptarse sin variantes la armonía que debe existir entre la caña, la línea y el reel. Es un error pretender aumentar con municiones el peso de la mosca, esto produce un desequilibrio que lejos de servir para alargar la distancia de los envíos, la aminora, haciendo inclusive más errática la trayectoria y menos preciso el lanzamiento, donde la precisión es todo. Quien quiera aprender a lanzar con mosca, no necesita nada más que el equipo y un lugar abierto para hacerlo, tanto puede ser el patio como el jardín o una calle con poco tránsito. Al principio deberá hacerlo siempre con un sombrero o gorra que le proteja la cabeza, pues el viento puede jugarle una mala pasada cuando menos lo espera, casi siempre con dolorosas consecuencias. Debe tratar de obtener la mayor justeza en los envíos, sin preocuparse porque éstos sean cortos, posteriormente la práctica los irá alargando cada día más. No debe olvidarse que el reel, en este caso, sólo se usa para llevar la línea y cobrar la pieza una vez enganchada. Los lanzamientos se hacen con la caña y las manos, que se ocupan de la línea cada vez que es necesario. Agradecemos al diario Tiempo Fueguino la autorización para publicar su nota. E-mail: tiempofueguinoredaccion@speedy.com.ar Sitio en Internet: www.tiempofueguino.com.ar |